Anna Cacciola

Sobre «Las claudicaciones del olvido».

 

Escribí este libro desde un lugar de pérdida. Nace del duelo por una muerte concreta y fundacional en mi biografía; de ese temblor íntimo que desordena no solo la vida, sino también el lenguaje. No partí de una intención literaria previa, mas de la necesidad de comprender qué significa habitar el mundo cuando una presencia que era estructura —afecto, memoria, origen— queda súbitamente abolida. Muy pronto descubrí que la poesía era el único territorio posible para pensar lo que me había sucedido, para nombrarlo sin rodeos y sin eufemismos.

En este libro decidí mirar la muerte de frente. Nombrarla. Despojarme de la retórica evasiva con la que a veces la suavizamos. La experiencia del duelo es encarnada: tiene olor, tiene peso, tiene ritmo y tiene una liturgia. Lo que cuento aquí no es la abstracción del dolor, es su realidad concreta: el cuerpo deteriorado, los rituales de despedida, los objetos mínimos que se convierten en reliquias inesperadas, la pérdida como fractura y como herencia. La poesía me permitió sostener esa verdad sin convertirla en espectáculo ni en sentimentalismo. Escribir fue, sobre todo, un acto de dignidad hacia la vida que se apagaba y hacia la memoria que merecía permanecer.

Por eso la corporalidad atraviesa los poemas. El oxígeno, la morfina, las manos, los sudarios, los huesos, los gestos y los restos: la muerte sucede en lo tangible, y también el amor. Mi escritura se nutrió de esa materia: de la habitación convertida en santuario, del cuidado físico como último lenguaje, del ritual doméstico como acto sagrado. El poema, así, se volvió para mí un espacio donde el cuerpo y la palabra podían encontrarse sin contradicción: donde la carne no era lo opuesto a lo espiritual, sino su vehículo.

A la vez, comprendí que el duelo nunca es solo un derrumbe: es también un trabajo de memoria. Cada muerte nos enfrenta a una pregunta esencial: ¿qué parte de lo amado podremos salvar del olvido? Este libro fue mi respuesta. Escribir se convirtió en una forma de resistencia: una manera de fijar la luz antes de que se borrara, de rescatar los gestos mínimos —unas castañas asadas, una silla vacía, un reloj heredado— y devolverles sentido. La palabra poética, al custodiar esos fragmentos, me permitió transfigurar la experiencia privada en un lugar compartido. Si publicar tiene algún motivo para mí, es este: que la memoria deje de ser un monólogo y se vuelva conversación.

La segunda parte del libro abre otra frontera: la de Eros. Tras la caída, tras la orfandad y el silencio, aparece el amor como fuerza que vuelve a encender el mundo. No es una sustitución ni un consuelo; es otra etapa de la misma travesía. Eros no niega a Thánatos: lo acompaña, lo equilibra, lo humaniza. Quise que el libro respirara ahí, en esa continuidad inesperada: la vida que persiste, el vínculo nuevo que nace, el cuerpo que se reencuentra con el deseo y vuelve a reconocerse vivo. El amor, después del duelo, no borra la herida: la vuelve habitable.

No escribí «Las claudicaciones del olvido» para cerrar una etapa, sino para sostenerla. No creo en el mandato de «superar», ni en la clausura emocional como destino. Creo más bien en la posibilidad de aprender a vivir con la ausencia, sin que la ausencia destruya. Si el libro tiene una apuesta, es esta: afirmar que el dolor puede transformarse, que el lenguaje puede cuidar y que —cuando se dice— la memoria  derrota, aunque sea en parte, la aniquilación del tiempo.

Hoy miro estos poemas como quien contempla un diario de revelaciones: son huella, son casa y son tránsito. Ojalá el lector encuentre en ellos más allá de la sombra de una pérdida, la afirmación luminosa de seguir aquí. Porque, a pesar de todo, este es un libro sobre la vida. Sobre esa vida que continúa, que insiste, que arde incluso en el invierno más severo. Si mis versos consiguen acompañar, aunque sea a una sola persona en su propio duelo, el sentido de haberlos escrito estará cumplido.