—No quiero que hagamos nada de lo que luego nos podamos arrepentir Chloe, pero ahora mismo solo quiero tenerte entre mis piernas —. Noah iba a quemar su último cartucho, no tenía nada que perder. Si sentía algo por mí ese era el momento en el que podría sincerarse.
—Sé que esto es una locura, pero quiero dejarme llevar por lo que siento Noah —notaba cómo mis hormonas se habían disparado por completo—. Es precioso lo que estamos sintiendo el uno por el otro y este momento quizás no se repita el resto de mi vida —en ese momento deseaba con todas mis fuerzas que se detuviese el tiempo—. No quiero arrepentirme por lo que no hice, si no por lo que pueda hacer contigo aquí y ahora.
Sabía que no tenía nada que perder y que en ese momento Noah era mío. Me acerqué a su rostro y rocé suavemente sus labios con los míos. El momento iba a ser mágico.
Entramos en la habitación, arrastré a Noah a un pequeño sofá que se encontraba junto a la cama y lo senté junto a la pared. En ese momento, el imponente hombre de negocios se había convertido en un juguete entre mis manos. Su aliento entrecortado y el cuerpo tembloroso delataba a una persona que no había tenido muchas relaciones sexuales y denotaba que las mujeres habían sido un papel secundario en su vida.
Mis piernas le atraparon a cada lado de su cuerpo sin dejar escapatoria. Le miré fijamente. Sus pupilas dilatadas mostraban el deseo que Noah sentía en esos momentos.
Verle así me excitó muchísimo. Sabía que él no iba a tomar la iniciativa así que desabroché su camisa lentamente mientras besaba su cuello. Estaba ardiendo. Era la primera vez que notaba en un hombre el fuego ardiente de una pasión desmedida.
Deslicé mis manos por su pecho hasta llegar a la zona donde le haría perder el conocimiento. Su corazón galopaba.
—Perdona Chloe, no puedo controlarlo —me dijo, avergonzado— no estoy acostumbrado a que una mujer me vea así.
—Noah, voy a darte lo que tú quieres, necesito sentir el deseo en ti y vamos a gozar juntos este momento —le susurré mientras desabrochaba el cinturón que prohibía la entrada al placer.