Quedamos a las siete y media de la tarde en una coctelería cercana a su apartamento. Estaba impaciente por verle. Sentía mi estómago con el cosquilleo típico de cualquier enamorado adolescente.
Estos dos meses con Diego habían sido de relativa tranquilidad. Los dos estábamos acoplándonos a vivir nuestra vida en común. Es cierto, que él no pasaba mucho tiempo en casa porque le habían ofrecido llevar las cuentas de una empresa bastante potente a nivel económico y, tras la vuelta a la normalidad se había refugiado completamente en su trabajo.
Cuando llegué al local busqué precipitadamente el rostro de Noah, pero aún no había llegado.
—Una Coronita por favor —me sentía como una niña impaciente por recibir su regalo de cumpleaños.
Me senté en una mesa frente a un gran ventanal que daba a una de las arterias de la zona. Una multitud iba de un lado para otro como minuciosas hormigas que alternan suavemente giros de izquierda a derecha serpenteando por la gran ciudad sin tener rumbo fijo.
—Hola, ¿cómo estás? —la voz de Noah volvió a estremecer mi cuerpo.
Giré la cabeza y ahí estaba él: imponente. Con la sonrisa de la que me había enamorado y su porte de seductor eterno. Noté cómo el calor volvía a recorrer mi cuerpo de arriba abajo y la energía fluía de nuevo por todos los poros de mi piel.
—Hola Noah —las piernas me temblaban y mi rostro reflejaba que aún seguía enamorada de esa persona. Le di dos besos y bajé la mirada. Me sentía avergonzada.
—Un Negroni, por favor —una de las cosas que más me gustó al conocerle era la seguridad en sí mismo que mostraba a los demás. Era parte de su atractivo.