Volver a: Mi abuela y el cosmos
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Mi abuela y el cosmos (muestra)
He vuelto a soñar contigo, abuela,
dormida entre hojas caídas y la tela de una araña,
cubierta de polvo,
rodeada por la música de la noche de tu país sin gente.
Abuela, abuelita,
tú que fuiste tan infinitesimal, tan montañosa,
tan espejo en el que multiplicarse,
que te columpiaste en el parque donde los niños jugaban a decapitar gusanos,
a médicos enfermos de pubertad,
donde quemaban los ojos de las ranas y les cortaban las alas a las moscas,
pecaminosamente santa,
traficante de huérfanos,
confeccionada con pedazos de murmullos, trastos viejos, harapos y tiniebla,
con palabras de frases sin sentido y astillas de bosque
encontradas en sueños soñados por todos los nietos que te soñaron.
Llévame de la mano hasta aquel día,
cuando destrozaste tu mecedora
a cámara lenta,
bestial y eléctrica como el azúcar sintético de las distopías.
Quemaste los restos en la hoguera que saltaron nietos de otras abuelas,
durante doce siglos de noche de San Juan.
La abuela más araña del cosmos
sospecha que se nos vigila desde las estrellas del cielo polar,
sospecha un alba crepúsculo en esta medianoche de círculo ártico,
un coágulo,
como de vino tinto curado en bodegas de madera mojada y azul,
donde el moho y el musgo celebran la melancolía de la existencia.
A su modo, tranquilo, vegetal, furtivo y casi secreto, azul,
azul y a la velocidad del musgo,
infinitamente repetido cada vez que pensamos en el cielo,
en el cielo africano donde vivía Dios,
donde Dios vio crecer a sus primeras máquinas,
sus invenciones más enrevesadas,
más poderosas,
más inútiles;
su parásito cortejo de aduladores:
arcángeles apolillados por milenios de envidia,
codiciosas entidades sin nombre.
Diosecillos mediocres y resentidos esparcieron miseria por los cosmos
cuando Dios no se había muerto todavía
pero agonizaba en la única cama,
inmensa, ilimitada,
de un hospital desierto y del tamaño de un millón de galaxias
edificado por la fantasía.
Esas nubes de cielo
subsahariano y polar
aparecen solo en poemas y mapas
que solo entiende una raza de centauros
en un puñado de poemas indescifrables.
.
.
.
mientras desnudas a tu primer amor en una fábrica de cerillas,
en la cámara de cristal donde hombres lobo y marineros arácnidos
desvirgaban a nuestras abuelas y se bebían su sangre.
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