M
"
  • dos

    Tiene que serenarse un poco. Está demasiado contento con su nueva idea, le parece tan divertida, tan genial -utiliza demasiado la palabra, tendría que moderarse o acabará vaciándola de significado. Pero no puede guardársela sólo para sí mismo, necesita compartirla con alguien. Así que se la cuenta a La Rubia. 

    Ay, la Rubia, qué paciencia tiene La Rubia con Panizo. Era casi una niña cuando le conoció y ya está a punto de cumplir los cuarenta, jamás se han separado, pero el excéntrico ensayista sigue empeñándose en tratarla como si fuese una chica más de paso, la que ahora vive en casa hasta que venga la siguiente; o no venga nadie. 

    La Rubia le escucha, esforzándose en que no parezca que está pensando en otra cosa, y de repente abre los ojos enormes y zarcos. ¡Caramba, pues la idea no está nada mal! Tiene muchísimas posibilidades.

    Y hete aquí que la Rubia también flipa, tanto como él o más. Se la ve entusiasmada. ¿Hay algo más bonito que encontrar eco en el exterior de algo que ha nacido de nuestro interior? 

    ¡Qué gran delicia! Se esponja Panizo. El mundo ha pasado por una pandemia como nunca se había conocido, la mayor parte de sus amigos -él también- se sienten como si les hubiesen dado una paliza moral después de sorprenderlos a traición y por la espalda. Pero esa no es la actitud, no debe serlo. ¡La vida es algo portentoso!