Volver a: La persona actual.
Así que iban esos dos hombres raros. Vestidos como, como esquimales realmente. Caras torpes, barbas espesas y algo bajitos, pero morrudos. Uno se llamaba Roto Toto, y el otro era su amigo, Eric Mortadela. Dos hombres curiosos, aniñados, felices; lentos. Iban lento caminando. Las nubes arriba en el cielo no podían ser tan bellas, ¡no podían ser tan bellas! Lo decía Eric, y luego Roto suplicaba a los dioses que por favor no se detenga el clima gélido que ahora hacía. Roto empezó un canto litúrgico. Ararará, ararará, sarám sarám. Y Eric sacó de sus bolsillos de cuero una bocina de cochasiqui y empezó su silbido característico. Estaban atravesando la plaza pública veinticinco de Mayo. Roto Toto profería un cántico propio suyo, inspirado por todo lo que sentía en aquel momento, aunque, a decir verdad, sin ninguna muestra previa de repetición, improvisaba, entregado al ritual.
«El cielo como un intruso se cuela por las rendijas de mi ser.
Susurra con sus nubes puras,
y me sujeta de los brazos y cosquillea todo mi el cuerpo.
¡Cuán dulce es este silencio que se cuela!
Que oprime cada sinsentido innatural de mi razón.
Y ya sólo suelto un graznido gutural a la frecuencia del silencio».
Los vástagos del cielo. Los hijos tórridos del invierno, ¡dos seres amorfos metamorfoseándose en la persona actual! Roto y Eric Mortadela, animados por el susurro insistente de lo obvio, mantuvieron su canto litúrgico durante una cuadra entera, la gente los observaba boquiabiertos. ¡Pobres huérfanos de ideas! Si supiesen acaso que nada de lo que existe a su alrededor tiene un sentido real. ¡Y que nada más importa la resonancia a la cual oscilan sus cuerpos llenos de agua!