Volver a: Mi abuela y el cosmos
Prólogo
LA MÁQUINA ARÁCNIDA
La poesía contemporánea suele estar infestada de buenos sentimientos, nostalgias de salón y homenajes domésticos. Existe una tendencia casi neurótica a santificar la memoria familiar, a convertir a los ancestros en estampas de yeso barnizadas por una ternura biográfica tan predecible como inofensiva. Conviene advertirlo desde la primera línea para evitar equívocos: este poemario no pertenece a ese espacio. Lo que el lector tiene entre las manos no es un ejercicio de piedad filial ni un refugio contra la intemperie. La figura de la abuela que sostiene y vertebra este texto no es la matrona entrañable de la tradición; es una fuerza telúrica, una anomalía biológica y cosmogónica, una entidad que oscila sin transición entre la violencia ancestral, el delirio de la ciencia ficción y la arquitectura fría de una araña generadora de universos.
El poemario, el poema, el escrito —no es fácil definirlo— opera mediante un mecanismo implacable de acumulación. El autor renuncia desde el principio a la síntesis elegante o a la pausa contemplativa; prefiere el alud. Despliega una masa verbal abrumadora donde la memoria individual se fractura y se mezcla con el trauma colectivo. En un mismo movimiento rítmico conviven los campos de exterminio, la física de partículas, la presencia amenazante de los algoritmos de la inteligencia artificial, la miseria de la posguerra, los colegios reducidos a cráteres de ceniza y la mitología opresiva de un futuro distópico. Todo tamizado por la presencia de esa matriarca gaseosa e incalculable que frena el curso del tiempo fregando el suelo de una cocina o tarareando canciones antiguas para que «no pase nada y ya no nazca nadie».
Hay en estas páginas una tensión feroz entre la historia con mayúsculas y la alucinación espacial. La voz poética no busca explicarse ni justificarse. No pretende ser razonable. Avanza a través de visiones en cadena donde el tiempo deja de ser una línea recta para convertirse en un bucle cerrado, en un buque varado en un mediodía fósil de dos soles.
«Averiguaste que el universo es pequeñisimo, unicelular, gota de vacio».
En este territorio, la abuela se clona, se multiplica, se deforma. Pasa de ser una criatura infinitesimal a una mole montañosa. Se metamorfosea en una niña octogenaria bailando con dolor de artrosis, en una divinidad arácnida que incuba el miedo de todas las generaciones futuras o en un robot defectuoso abandonado en un bosque de silencio.
«Ninguna madre quiso gestarlo ni parirlo».
Esa omnipresencia del arácnido no es una metáfora decorativa. La red, la tela, el hilo y la trampa son la estructura formal sobre la que se sostiene la obra. El texto teje una urdimbre de obsesiones de la que es imposible salir ileso. Se habla aquí del pavor a la reencarnación, de la angustia de existir más de una vez, del terror a que la vida continúe repitiendo sus mismos errores a través de una cadena interminable de herederos. La infancia no aparece como un paraíso perdido, sino como un territorio mutilado donde los niños juegan a la violencia con la misma naturalidad con la que se adentran en un laberinto de porcelana. Y frente al horror de ese crecimiento obligado, la única figura de amparo es una abuela aterradora y colosal que rumiaba la locura y el pánico de sus nietos para evitar que la realidad terminase de aplastarlos.
«Deberíamos ser nocturnos, siempre. Los días solo para dormir, enroscados, bucles temporales dentro de un sueño».
Desde el punto de vista formal, la prosa poética adopta una cadencia casi clínica. Hay en el ritmo una precisión y una sobriedad que evita cualquier atisbo de lirismo empalagoso para centrarse en la disección de la materia. Las imágenes no se presentan para ser admiradas por su belleza formal, sino por su capacidad de perturbación: tulipanes con branquias, mariposas criadas en cautiverio, lagartos bajo el sol negro, soles de jengibre y mañanas de plomo. Es una poesía que huele a humedad de piedra antigua. Una poesía del residuo y de la prótesis, donde lo humano y lo tecnológico se fusionan en un idioma propio, un dialecto polifónico que parece traducido del inconsciente más salvaje.
«Y otra, otra vez,
otra vez realidad aumentada:
espíritu santo en los ojos de los búhos,
en el bramido médium del caballo salvaje.
No se le pide al lector que comprenda cada recoveco de este artefacto, porque el texto mismo advierte de que nos encontramos en un territorio donde nada puede ser comprendido del todo bajo las leyes de la lógica habitual. Se le pide, sencillamente, que se deje arrastrar. Que acepte la violencia de estas visiones, la incomodidad de sus ritmos y la belleza oscura de sus metáforas. Este libro no se lee: se padece, se transita y se soporta como se soporta una tormenta eléctrica en mitad de una carretera secundaria.
Quien se adentre en estas páginas debe saber que abandona el terreno seguro de la literatura de consumo. Se va a encontrar con una autopsia a tumba abierta de la memoria, un artefacto áspero y voraz que exige una lectura sin red de seguridad. Están advertidos.