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  • He vuelto a soñar contigo, abuela,

    dormida entre hojas caídas y la tela de una araña,
    cubierta de polvo,
    rodeada por la música de la noche de tu país sin gente.
    Abuela, abuelita,
    tú que fuiste tan infinitesimal, tan montañosa,
    tan espejo en el que multiplicarse,
    que te columpiaste en el parque donde los niños jugaban a decapitar gusanos,
    a médicos enfermos de pubertad,

    donde quemaban los ojos de las ranas y les cortaban las alas a las moscas,
    pecaminosamente santa,
    traficante de huérfanos,
    confeccionada con pedazos de murmullos, trastos viejos, harapos y tiniebla,
    con palabras de frases sin sentido y astillas de bosque
    encontradas en sueños soñados por todos los nietos que te soñaron.
    Llévame de la mano hasta aquel día,
    cuando destrozaste tu mecedora
    a cámara lenta,
    bestial y eléctrica como el azúcar sintético de las distopías.
    Quemaste los restos en la hoguera que saltaron nietos de otras abuelas,
    durante doce siglos de noche de San Juan.

    Abuela, amada,

    incomprensible abuela a la que di a luz a lo largo de mis tres juventudes,
    a quien nadie supo enamorar,
    a quien ni los campos de exterminio ni las pulmonías ni los maleficios aniquilaron,
    de la que nadie quiso enamorarse,
    resucitada en mis sueños para que también me quede,
    como tú, para siempre, aquí,
    en este mundo extraño donde ni las abuelas mueren del todo.

    .
    .
    .

    Mutará la geometría antes de que despertemos,

    entraremos en una zona del cosmos donde la geometría es otra,
    donde no hay geometría:
    allí todo será abuela, mutante, impredecible,
    allí tus siete millones de años luz no durarán ni la biografía de una bacteria,
    allí se incuban y se embalsaman madrastras y otras criaturas fantásticas
    que no mencionaremos por respeto a aquellos muertos que aún viven.

    Y esta prosa

    tan policial que no es teología por milímetros…

    Si hubiese nacido criatura fantástica querría contactar con lo divino,
    en el dialecto polifónico de los superhombres,

    contactar con cualquier ángel, con un dios pigmeo, microscópico,
    con otra abuela de las de alucinada captación de la realidad,
    con la cabeza llena de orquídeas,
    que no quisiera existir.

    Pero: ¿Por qué?

    .
    .
    .

    Deberíamos ser nocturnos, siempre.

    Los días solo para dormir, enroscados, bucles temporales dentro de un sueño

    que se enrosca en otro sueño
    y así hasta el fin de los tiempos amarillo marrón
    de nuestras felices infancias ficticias aunque verdaderas.
    Deberíamos ser monstruitos depravados,
    pequeños milagros del revés para estos años dorados
    de nuestra juventud de plantas de plástico, ultraprocesados y televisión siempre.
    Deberíamos ser otros, o más nosotros que nadie,

    explosiones de pasión verdadera nos ocurrirían en los ojos del corazón.
    Deberíamos ser talladores,
    tallar muecas de abuela pervertida y sonrisas jeroglíficas en grandes bloques de piedra.
    O ser pájaros flor,
    barrenderos del infierno reconvertidos en cantantes célebres
    a pesar de cantar musitando en el único argot terrenal que nadie entiende.
    Ser nosotros, ellos y vosotros apelmazados en una sola sustancia,
    dulce, esponjosa,
    bizcocho para el voraz paladar abuela,
    divino bizcocho
    horneado en un mundo sin arañas, sin estrellas,
    al margen de la mecanización romántica,
    al otro lado de las malditas palabras,
    sin recuerdos nauseabundos de niñez,
    sin recuerdos de niñez,
    sin recuerdos.

    Porque hay otro mundo,

    escondido dentro de este,
    contraído y cerrado al vacío,
    un vacío de cristal irrespirable.
    El ente divino pero mortal que fecundó ese mundo
    se hace el dormido para que el tiempo no pueda exterminarlo.

    .
    .
    .

    La abuela más araña del cosmos

    sospecha que se nos vigila desde las estrellas del cielo polar,
    sospecha un alba crepúsculo en esta medianoche de círculo ártico,
    un coágulo,
    como de vino tinto curado en bodegas de madera mojada y azul,
    donde el moho y el musgo celebran la melancolía de la existencia.
    A su modo, tranquilo, vegetal, furtivo y casi secreto, azul,
    azul y a la velocidad del musgo,
    infinitamente repetido cada vez que pensamos en el cielo,
    en el cielo africano donde vivía Dios,
    donde Dios vio crecer a sus primeras máquinas,
    sus invenciones más enrevesadas,
    más poderosas,
    más inútiles;
    su parásito cortejo de aduladores:
    arcángeles apolillados por milenios de envidia,
    codiciosas entidades sin nombre.
    Diosecillos mediocres y resentidos esparcieron miseria por los cosmos
    cuando Dios no se había muerto todavía
    pero agonizaba en la única cama,
    inmensa, ilimitada,
    de un hospital desierto y del tamaño de un millón de galaxias
    edificado por la fantasía.

    Esas nubes de cielo

    subsahariano y polar

    aparecen solo en poemas y mapas
    que solo entiende una raza de centauros
    en un puñado de poemas indescifrables.

    .
    .
    .

    Presientes una montaña rocosa agrietarse,
    otra se despeña por la cara oculta del espacio
    mientras desnudas a tu primer amor en una fábrica de cerillas,
    en la cámara de cristal donde hombres lobo y marineros arácnidos
    desvirgaban a nuestras abuelas y se bebían su sangre.

    .
    .
    .

    Echaré de menos tus gatos de un solo ojo, de tres patas,
    maullando desde su pasado de faraones y templos para adorar deidades felinas,
    siderales
    y carnales como vísceras de nave frigorífica,
    con el entusiasmo de las bestias o las máquinas,
    mirándome con miedo y hambre desde los callejones poco iluminados.

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