Un navío, pues, naufraga. Va lejos de su horizonte, pues, nada busca en realidad salvo la quietud en el agua. Sus psiconautas, llenos de ácido y marihuana, beben la luz del crepúsculo en el alba; de la noche sucia y el día de polvo sin magia. ¡Qué desgracia al caer la luna, como un astro sin alma! desganada, aquella, madre lumínica, de alegría inconsumable, caprichosa infiel, ¡se va hacia otra parte! Los psiconautas embelesados, empapados hasta el tuétano de las mil aguas, repiten el nombre dilapidante de la mujer que osó llevarlos a la orilla de los niños grandes, ¡ningún nombre es semejante ante el astro atávico! La renuncia, gota última que inunda el cuerpo contraído, despierta a quien está embrutecido, lo vuelve el poeta honroso que es y no ha sido, suerte de aquellos que están marchitos, pos nada de lo que se diga es real, y lo que siga luego será casi siempre la mortandad. ¿Quién espera cuando, a ciencia cierta, ésta última no es sino la desgracia irrisoria? La paz busca el navío, todo el conjunto, luego de deambular sobre la consciencia que es amplia, ¡qué digo! que es extraña, dichosa y con gracia. Las aguas reflejo desganado y precioso, de acero y arpas, que al cruzarse resuena cándida una melodía simplona sin notas altas. ¡Vibración! Equilibrio que sobrepasa el nivel absurdo, contenido en un sobre que va yéndose hacia el sol y las desgracias; ¡que nada tiene que ver con todo esto! pos oído aquel musical gratuito, los tripulantes se lanzan al agua, abatidos por el vino y las visiones cosmonautas, sacrificándose por lo que no ha sido, echados en el cielo líquido, hundiéndose, ¡cómo no! con las ostras y las algas; aquellas primeras, del corazón al estornudo, enrareciendo lo conocido para voltear la sobremesa same a trip like a soul bright enarpa.