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Le abordé sin preámbulos —Bernardo me ha dicho que te vería aquí—. Giró la cabeza y me midió de arriba abajo. A diferencia de lo que ocurre con ese tipo de miradas, me pareció que no me analizaba, más bien dirimía claramente las distancias.
—Sí —contestó—, vamos a sentarnos.
Me condujo con parsimonia hacia un recodo del local. Esquivando una mugrienta mesa de billar en la que jugaban con aparente profesionalidad unos cuantos tipos, doblamos a la derecha a una estancia anexa e imprevista. El lustre de tiempo e inmundicia de las mesas y sillas absorbía el destello de la escasa bombilla. El techo no era alto y no se podía evitar cierta sensación de claustrofobia.

Dirigió la palma de la mano hacia una silla.
—¿Y bien? —me interpeló una vez nos sentamos.
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