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      • FIN
  • Hemos bebido soma y nos hemos vuelto inmortales; /
    hemos alcanzado la luz y descubierto a los dioses. /
    Ahora qué puede hacer la malicia de nuestros enemigos /
    para hacernos daño. /
    ¿Qué (oh, inmortal) engaño mortal del hombre? /

    Rig-Veda (8.48.3)  –  2º milenio A.d.C.

    Nada puede ocurrir una sola vez; nada es preciosamente precario.

    J.L. Borges

    Nota del Editor: En esta obra encontrarás imágenes parpadeantes, que acompañan al texto.

    La segunda vez que entré en el bar lo encontré apoyado en la barra.  Me alegró comprobar que la llamada telefónica había dado sus frutos. Era más o menos como me lo había imaginado excepto que esgrimía una sonrisa indescifrable, o acaso fuera efecto de la luz que inocente lamía la penumbra. Con sorpresa me di cuenta que algo de él me sonaba como si le hubiera tratado en otra situación. Escarbaba en mi memoria pero no lograba recordar de qué o de cuándo le conocía y no obstante me era familiar, como un sueño, como una lejana reminiscencia. 

    En el momento que lo vi mantenía entre sus dedos amoratados un vaso, que luego supe, era de ginebra, su otra mano descansaba sobre el pulgar, metido en el bolsillo pequeño del pantalón. Vestía una mugrienta chaqueta con abundantes calvas, como si el animal de que estaba hecha hubiera sido despellejado a base de tirones. En cualquier caso, en ese lugar, parecía una indumentaria adecuada para un traficante. Alrededor del vaso que mantenía aferrado con dedos huesudos, rondaban como satélites otros cuatro o cinco ya vacíos. Parecía que él mismo se los había bebido desde que entré la primera vez, aunque no me parecía probable; no había estado mucho tiempo fuera.