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Ante este panorama, el Estado —nada amante del intervencionismo—, sorprende a propios y extraños declarando el estado de excepción en las conexiones, prohibiendo opinar en torno a la enzima y censurando todo comentario que mente LON. La impaciencia, o quizá la equívoca intención de forzar la calma, llevó al gobierno a eliminar mensajes. Mediante un soberbio dispositivo de seguridad trituró millones de comunicaciones, incumpliendo derechos básicos de la ciudadanía.

Error. 

El gobierno ha lanzado sobre sí mismo la cólera y la sospecha, envalentonando a la masa que, ávida de rabia y frustrada por la prohibición de LON, vuelca su hiel contra el Estado.

La masa enfurecida se revuelve iracunda hasta dar con una respuesta a la altura, gestionando la suma de individuos necesaria para derogar el gobierno de forma inmediata por aclamación popular. En cuestión de segundos se adhieren cientos de miles de personas, y a pesar de que el estado de excepción se revoca, en doce minutos se había alcanzado el primer millón de firmas y en el veintiocho, los diez. La Derogación parece cruzar el punto de no retorno y se espera la caída del gobierno de un momento a otro.