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si eustaquio también muriese hoy

no Sería del todo Casual

Si aquel quien le sigue es violento y busca venganza o busca LON, y le mata por ello, ¿sería algo más?

Alguien podría adivinar en ese final algo más que la sonrisa impersonal del albedrío; alguien como Berta.

Si el perseguidor lleva siguiendo a Eustaquio desde las explosiones y sabe que porta LON, ahora podría tan solo estar esperando a que terminase de comer, de ojear ropa de colores y se alejase a un lugar discreto donde poder abalanzarse sobre él y salpicarle de dentelladas la cara, los brazos y el pecho, tratando de hacerse con el infinito.

Y ahí Berta podría adivinar la cínica sonrisa de un destino predicho, inevitable. Qué fútil y ridículo le parecerá el esfuerzo de Eustaquio por escapar a una fuerza mayor —ni planes ni clonaciones—; la fuerza del destino es irredenta, no pensante, absoluta, como la atracción interpletaria o la orbitación estelar. El yo, una nimiedad insignificante.

Berta tiende a pensar que si te agachas justo cuando algo va a rebanarte el cuello, puede ser suerte, sí, aunque también puede que no fuese tu día.

Porque la suerte existe, sin duda, pero es una variable que tiende a ser neutra; Berta piensa que el camino es largo pero simple y —por muy pixelado que se mire— suele llevar a cada uno al final que se ha buscado.

Salvo rotundas excepciones, solemos vivir —y morir— según la forma que le vamos dando con nuestras decisiones. Esto diría Berta.

¿Entonces?

Entonces, sí. Cero y Eustaquio habrían convergido en su final —al menos en parte— por su toma de decisiones. «Maldita sea, Cero. Eustaquio te arrastró al egoísmo, y el egoísmo es violencia». Eso diría Berta, sin recriminaciones. «Te ha faltado suerte y te ha faltado valentía en tus decisiones».