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Te sales a la terraza para responder.

Sales a la terraza. Caminas hasta el borde de la azotea. Te cuesta responder. Sientes una punzada de inquietud por tus últimas comunicaciones con ella, que han sido ponzoñosas, te has sentido juzgado; la sintonía y el entendimiento, el sosiego que sentías con ella, se han diluido hasta ser inapreciables.

Vuestra relación se sostenía en algo que ya no está.

Aceptas la solicitud de comunicación de Berta y la escuchas hablar. Habla rápido. ¿Siempre ha hablado así de rápido? Su tono de voz te resulta molesto, casi desconocido, aunque sabes que quien ha cambiado eres tú, no su tono, eres tú quien lo escucha diferente. Tu chasquido interior te ha cambiado.

Berta te está contando con voz agotada la frustración de sus pesquisas. Ha pasado horas introduciendo datos, analizando, ampliando, revisando cada nimio detalle de las devoraciones, pero no cree haber ayudado en nada; quedan devoradores por identificar. Es frustrante. Te pregunta qué tal estás tú, qué has hecho.

Le cuentas que Eustaquio se te ha acercado, quiere incluirte en sus planes, por fin parece que has dejado de ser invisible para él; le intentas transmitir a Berta el valor de sentirte aceptado, pero no tarda en llegar el viento:

«¿Qué planes, Cero? Últimamente te estoy notando cambiar, ya lo sabes, ya te lo he dicho; tanta tonta dependencia me tiene alterada; ver que en vez de subir, bajas. Tu original se está aprovechando de ti, puede que algo peor, puede que te esté manipulando con técnicas de predisposición, te conoce bien y se aprovecha de ello; cada vez te veo más servicial y ya no sé qué pensar; aquí me tienes si quieres salir de ahí».

Te silencias y gritas, das una patada al aire.

Sientes que es Berta quien te está manipulando, con otro estilo, con diferentes intenciones que Eustaquio, pero puestos a ser manipulados te quedas con tu original, porque para bien o para mal tu original es algo que no puedes elegir. Ya tienes bastante con un manipulador. ¿En el amor siempre hay manipulación?

Te vuelves, y ves a Eustaquio mirándote de frente y de pie, al otro lado del ventanal. Te hace un gesto con la barbilla que significa «Díselo». Sabes qué quiere oírte decir. Sientes una punzada de inquietud, pero lo haces. Entras. Entras sin tropezar, sin tener que apoyarte en el ventanal. Dejas atrás la azotea. Te des-silencias y con la mirada puesta en la planta alta y diáfana del dúplex, te dejas ir; hablas sin medir, tal como sale.

—Berta, estoy harto de tus juicios y de tu condescendencia; déjame ser yo/

—No estás siendo tú, eres otro. Eres él. 

—No tiene sentido seguir hablando de esto ni de nada; en realidad lo que pasa es que has querido a alguien que no existe. No puedo seguir contigo ahora, todavía/

COMUNICACIÓN CERRADA.

Has cerrado la comunicación con un todavía colgado. Brusco. Cortado. Y para ti —tienes la certeza— cerrada es cerrada.

—Eres igual que yo —te dice Eustaquio.

—Eus, soy tú, pero sin malear.