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Berta te ha citado en un Centro público, así que caminas hasta una entrada subterránea y viajas; la velocidad es un concepto nuevo y te resulta del todo apropiado para acompañar tu estado, porque el encuentro presencial, la propia Berta de carne, te resultan tan irreales y frenéticos como desplazarte a gran velocidad permaneciendo sentado. 

Al llegar al Centro te sorprende encontrarte gente comiendo, jugando, entrando y saliendo, pensaste que en estos lugares la presencialidad sería residual. Reconoces a Berta nada más entrar. Está inclinada, raspando un rugoso de esos que desprenden químicos verdes. Al verte, le cambia la cara, te ha reconocido de inmediato. Estruja el rugoso y se levanta. Te espera de pie. Se sienta cuando tú te sientas. Estás frente a ella. Estáis callados, mirándoos el enamoramiento.

No os cuesta mantener fijos los ojos del otro. Tampoco es incómodo el silencio. Estás lleno de aire. Tienes chispas en los ojos. Ella estira el brazo y te toca la cara con la mano. Dice: Cero. Lo dice con una entonación cariñosa y a la vez alegre.

Pasáis horas juntos. Muchas. Hablas sin pensar previamente lo que vas a decir, no paras de hablar, de hacerle preguntas. ¿Cómo ha sido decírselo a tu original? ¿Tu cubículo está cerca de aquí? Los Centros públicos son diferentes a como los imaginaba. Qué bien lo pasamos en Arcoíris, ¿te acuerdas de cuando estornudó el unicornio bebé? Tu piel es más suave en presencial. Tu olor es el mismo. Me alegro de que hayas venido, Cero. Y yo de haberlo hecho, Berta.

Estás acelerado. Alegre. Salís del local y paseáis —con las escafandras puestas—. Te lleva a un lugar con vegetación. Enorme. De sombra espesa. Con humedad. Os podéis quitar las escafandras y coméis fruta cultivada allí mismo. Os tumbáis. La charla se mantiene sin hilo, sin criterio ni contención, charláis de todo lo que se os pasa por la cabeza con la satisfacción de resultar interesante al otro.

Berta te besa un beso lento. Te acaricia los labios con los suyos, te muerde con cuidado.

Vello y calor.

Vello, caricias, cariño y caras juntas. Abrazos que duran eternidades. Besos transportadores. Palabras escasas.

Tengo que volver, Cero. No sabía que nos veríamos y tengo revisión.

Has pasado ¿horas? con ella. Han sido las mejores de tu vida. Nada ha salido mal. No me lo creo. No me lo creo, te dices.

Vuelves al ático con una sonrisa enorme en los pulmones.