25i

No estás. No te ves, pero Berta te mira con cara de angustia y desagrado —al menos está mirando en la dirección donde te encontrarías—. Eres solo un pitido agudo y chirriante; Berta se tapa los oídos y te grita, pero tú pitas y pitas mientras te huyen unicornios, sapos, incluso el viento, que atiza al frente, como un soplido gigantesco que surgiese —huyéndote todo hacia delante— desde el punto donde estarías tú y tu enorme boca silbadora, si no fueses inmaterial.
Paras.
Un instante de silencio, y retomas el fuerte silbido, enorme, finísimo, hilo de acero con punta de aguja. Berta vuelve a taparse los oídos y se acuclilla y ovillea y cierra los ojos como si eso, pobrecita mía, pudiese amortiguar algo ese iiiiii que eres, ese afilado, molesto, horroroso iiii.
Ya. Por fin acabó el juego.

—Qué horror, por favor. Vaya mierda ha sido esta, ¿no? ¿Tú también lo oías?

—Es que yo era el pitido, perdona.

—Muy molesto.

—A mí no me molestaba.

—¿De verdad?

—No. Porque era yo.

—Si yo pitase así, no me aguantaría. 

—Yo lo que no aguantaba era molestar a los demás, molestarte a ti. Pero el pitido en sí lo toleraba bien.

—Ya. ¿Quieres probar otra cosa a ver si nos llevamos un mejor sabor de boca o lo dejamos así?