25h

Berta está partiéndose de risa; tú le preguntas por qué, pero no es capaz de parar para contarte; te miras las manos, la ropa, por si es algo tuyo o en ti, pero no ves nada raro o divertido, tampoco alrededor, no te da risa el agua ni la roca colorful, ningún unicornio, tampoco un sapo que sí, tiene cara graciosa, sonriente, pero no es para tanto; es que Berta está girando sobre sí misma estallada en unas risas tan fabulosas que se te empiezan a contagiar. ¿Qué será, por qué ríe?

Aunque. En el fondo, qué más da. Vas dejando pasar el desconcierto, que pase también la preponderancia de la razón, y te dejas llevar por esa alegría irracional que da el reír y por esa sana movilización muscular en las comisuras de los labios y la mandíbula, empiezas a sentirte bien; respondes risa con risa y entonces ya sí que sí, la carcajada de uno contagia al otro que contagia al uno y retroalimentáis la formidable escena con la fuerza y la sencillez de lo que parece eterno: nunca vais a dejar de reír; la risa os hará autosuficientes; indultados de las necesidades primarias, os bastará eso para vivir, no comeréis ni conversaréis ni especularéis ni os preocuparéis, viviréis del sano jolgorio que supone carcajearse. Para siempre.
Ya.
Acabó el juego.

—¿Qué bueno, no? 

—Esto es como hacer abdominales.

—Un poco sí.

—Oye, ese sapo tiene esa cara o es que se ha quedado pillado en el juego y sigue riendo.

—Jaja.

—Bueno, es que mírale.

—Para, que ya me duele la tripa. 

—Ya me callo —y pones una cara como la del sapo.

—Jajaja.