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Todo ser vivo te mira con veneración. Los unicornios doblan sus patas para inclinarse, ofreciéndote su lomo; el pato lector te ofrece su libro bajando la vista, Berta está arrodillada delante tuyo, postrada; a lo lejos hay individuos que te señalan. Dinos una palabra —vocea alguien—, y cumpliremos tu deseo. Les haces un gesto de incomprensión que se recibe como de imposición de manos, así que agachan sus cabezas, esperando ser dignos de tu bendición.

Tus manos, por cierto, están arrugadas, peor aún, están arrugándose, estás envejeciendo a una velocidad desaforada, puedes apreciarlo a simple vista. A los demás no les pasa. «Miradme, envejezco demasiado rápido»; «Es una velocidad normal para un efemeróptero —te dice el pato lector— y en cambio para una estrella es insulsa, lo mismo que existir quinientos años menos: nada; siquiera un parpadeo». «¿Qué coño me quieres decir con eso?», le dices, y lo dices con una voz renqueante.

Has envejecido tanto que ya no te sostienes en pie, te has meado encima y te falla la respiración; te dejas caer al suelo ante los oes de tu séquito, atemorizados ante tu envejecer y próxima muerte. De alguna manera sabes que has llegado a tu final, Berta se tumba junto a ese unicornio a verte morir; el unicornio tiene apoyada la cabeza en el suelo, sabiendo dormir con la elegancia con la que los animales hacen todo. Mueres venerado. Ya.

—Me ha gustado.

—¿Te ha gustado?

—Da una perspectiva novedosa, ¿no te parece?

—Qué es lo que da perspectiva, ¿morirse? Eso no es novedoso.

—No, tonto.

—¿Envejecer, que te idolatren?

—Pues un poco las dos cosas. Puedes relacionarlas de alguna manera.

—¿En serio? ¿Cómo?

—No sé, da igual. ¿Quieres probar más o continuamos?