25D

No eres Cero porque a Cero lo tienes frente a ti mirándose las manos con curiosidad, tirándose de los pequeños pelillos de las falanges y de los largos pelos del antebrazo. Como acto reflejo te miras las tuyas y son patas vigorosas; eres un unicornio con cuerno de cucurucho. Relinchas en ecos fantasmagóricos.

Ahora eres roca y como roca pétrea presencias con absoluta calma y quietud, incluso omisión, la cara de estupefacción de Cero y Berta, e ignoras el relinchar del unicornio.

Te has transmutado de nuevo, ahora eres sapo y por lo tanto hueles a sapo, miras desde abajo y lo haces con esa sonrisa burlesca del que empieza a pillar la broma, ojos saltones entrecerrados, hasta que —alarma— se te borra la mueca de golpe porque tienes que esquivar tu antiguo pie, el de Cero, que ha estado a punto de pisarte en un caminar hacia atrás, torpe, impropio de ti. ¿Será precisamente el sapo quien está dentro de tu antiguo cuerpo?

Eres aire. Te has vuelto inmaterial y vuelas siguiendo las corrientes cálidas, levantas gruesos cartones, acaricias rostros, sacudes el pelo de Berta y crines de unicornios. Cambias de nuevo.

Te metamorfoseas en abstracción. Eres el color rojo. Si al menos te pudieses girar para ver si estás flotando sobre verde, pero no hay tiempo. Se acabó el juego.

Berta se gira hacia ti, con emoción.

—Uau, me ha encantado ser tú y ser sapo y todo eso.

—Yaaa, a mí también. ¿Hay otros juegos así de buenos?

—La verdad es que no se me ocurre nada que podamos disfrutar más. Oye, me gusta que hayamos compartido esto. Juntos.