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Eres Berta. Tu primera sensación es agradable. Percibes diferente, eso es indudable y es lo primero que te llama la atención. Sí, definitivamente ser Berta ha cambiado tu mirada hacia la otredad; miras a la antigua Berta, que es hombre —otro hombre, no es Cero—, y lo haces con ese nuevo matiz en tu mirada al que no sabes poner nombre pero que ronda lo empático; ¿será cosa de cómo es Berta o será una deriva de género?

Te tocas las manos, que son suaves, de piel fina y —sorpresa— se colorean; añades color allí donde tocas. Y tocas, claro, te tocas la piel tintándola magenta, turquesa, piel añil, color uva, bioluminiscente, ocre; te desnudas y te pintas un pecho morado y al apretar el otro, verde esperanza; has sentido placer al hacerlo ¿será así como sienten las mujeres cuando se tocan las tetas? Con la punta de los dedos has erguido un pezón de color rojo que flota sobre el pecho verde; en una broma que solo tú entiendes.
Y ya.
Te has quedado con ganas de masturbarte.
Eras hermose.

—¡Qué poco ha durado!

—Yaaaa. Yo quería otro rato.

—¿Te has tocado?

—¿Qué pregunta es esa?

—Pues yo, sí. El rabo se me me ha puesto azul y los testículos, uno azul claro y el otro amarillo pollo.

—¿Me has tocado los testículos? Porque eras yo, ¿verdad?

—¿Y tú qué me has tocado, las rodillas?

—Pues tienes unas rodillas hermosísimas, perdona que te lo diga.

—Ya, seguro.