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Abajo, la montaña aleatoria, en tu cara el viento y agarrada a ti, Berta, que grita frases como «volar me encantaaa» o «desde aquí la roca es colorful». Lo cierto es que grita todo el rato, está como eufórica o más bien enloquecida por la experiencia. Tú no eres capaz de apreciar la colorfulidad de la roca ni el viento ni vista alguna y mucho menos el hecho de estar en el aire; porque solo eres un cartón grande, cuadrado y grueso, marrón, que no sabe ni cómo es que vuela.

Para no caer en picado derivas hacia aires calientes —al menos tratas de—; así que estás pendiente de la temperatura y te vas sosteniendo más o menos con Berta encima. Por supuesto el resultado es agobiante: bandeos, torcimientos, pérdidas de altura repentinas y un gran esfuerzo por combarte para mantener tu parte delantera apuntando hacia arriba —porque el cartón, que eres tú, tiene, tienes tendencia a flapear hacia abajo—, y solo ese esfuerzo por arquearte logra evitar el desastre y sostenerte, sosteneros, mal que bien. Es agotador. Y desespera. Qué mal conviven peligro de muerte y cansancio.
Ya.
Por fin. Acabó.

—Para ser un cacho de cartón no lo hacías mal.

—¿En tu experiencia no eras tú el cartón?

—No. Yo iba cómodamente agarrada a ti disfrutando de las vistas.

—Ya, pues que sepas que has estado a punto de morir estrellada, así que me alegro que disfrutases.

—Jajaja. Así es, gruñón.