No se puede entender la Ruta Destroy sin las drogas de diseño. La mescalina valenciana, conocida como “mesca”, fue la droga de la Fiesta, el motor del buen rollo, las relaciones sociales y la fraternidad. Se trataba de unas cápsulas de color verde que no contenían la mescalina extraída del peyote, sino una combinación de MDA, centraminas y dexedrinas. Su marcado efecto psicodélico, la euforia que provocaba en los consumidores y la constante sensación de alegría y felicidad la popularizaron hasta tal punto que el grupo valenciano Los Rebeldes le dedicó una canción cuyo estribillo decía “Yo con mescalina soy feliz”. Su existencia fue efímera.

A principios de los noventa todavía era posible encontrar mescas en el mercado negro, pero a precios desorbitados. Hay varias hipótesis sobre las razones de su desaparición, pero se cree que fueron las mafias quienes decidieron sacar a la venta sustancias más baratas y más fáciles de producir, como el sulfato de anfetamina, vulgarmente conocido como speed. Después apareció el éxtasis, el MDMA, que se presentaba en forma de pastilla. El éxtasis aumentaba la sensibilidad y fomentaba la alegría. Además, contenía un compuesto anfetamínico que provocaba insomnio y que ayudaba a sobrellevar las largas sesiones de fin de semana. Pero junto al éxtasis llegó a las salas una suerte de democratización de las drogas que se convirtió en un arma de doble filo. El hecho de que la oferta se ampliase provocó la falta de unanimidad en el estado emocional del colectivo.

A principios de los noventa el consumo no se realizaba de manera unánime, como ocurría en Valencia con las mescas, sino que cada consumidor elegía sus propias sustancias, las que creía más adecuadas para esa noche. La cocaína y la heroína, drogas duras que tradicionalmente se consumían en ambientes muy distintos a los de la Ruta, comenzaron a hacer su aparición en las raves. Con tanta mezcla de sustancias, el concepto Fiesta se desvirtuó hasta llegar al hedonismo, al disfrute por puro placer, sin valores, sin reflexiones, sólo con sensaciones individuales que se alejaban del ego común en el que se había desarrollado la Ruta Destroy. Y así, sin control, la calidad de las drogas fue decreciendo al mismo ritmo que el buen rollo.